No te pega nada. Esa es la frase que escuché varias veces antes de iniciar mi último viaje. Pero… ¿a quién no le pega un crucero por el Caribe en el mes de enero? ¿Es incompatible la realización de viajes aparentemente contrapuestos por la misma persona, todos mis viajes deben ser iguales o similares? ¿Por qué existen ciertos prejuicios contra los cruceros, como he detectado en estos meses de preparación del viaje?
No conozco las respuestas a estas preguntas porque es mi primer crucero y porque estos párrafos iniciales están siendo escritos en el aeropuerto de Barajas, desde donde parte este domingo 4 de enero el vuelo de Iberia 263 hacia el aeropuerto Las Américas en la República Dominicana, cerca de su capital Santo Domingo.
La verdad completa es doble. Por un lado, me apetecía hacer alguna vez un crucero. Poco miedo puedo tener a esa presunta ‘claustrofobia’ cuando mis viajes favoritos son en tren y lo más largos y sin paradas que sea posible. Me apetece tanto la parte de navegación (de hecho, algún día querría cruzar en barco el Atlántico) como la de tierra. Además, la mayoría de navegaciones son nocturnas salvo el primer día y pico, con más de 30 horas en el Costa Pacífica.
Por otro lado, realizar un viaje por el Caribe es una manera muy eficaz para visitar nuevos países, especialmente países pequeños de acceso mucho más caro por avión y en los que no es ‘necesario’ pasar varios días para conocerlos o hacerse una idea de ellos. Ah, y en el Caribe hay playas, pero también montañas, y no pocas.