Origen del turismo moderno

Origen del turismo moderno
Origen del turismo moderno

A casi todos nos gusta viajar por placer. Cambiar de paisaje, probar nuevas comidas, conocer otras costumbres, atrae. La vida sedentaria del operario, del empleado, del profesionista, incluso del empresario suele ser monótona y difícil. Las convenciones y congresos son un mecanismo extraordinario para aligerar esta presión y, al mismo tiempo, perfeccionarse profesionalmente.

Y es que a partir del siglo XIX el trabajo se ha convertido en un tornado que engulle todo cuanto encuentra a su paso: familia, tiempo libre, aficiones, amistades. Nos levantamos a la misma hora, cuando suena la inmisericorde alarma. Desayunamos deprisa, en el mejor de los casos, un café, un yogur, un trozo de pan y, luego; salimos corriendo a enfrentarnos con el asfalto poblado de conductores mal encarados.

En la oficina aguarda la computadora y los mil y un correos que necesitan respuesta «para ayer». Las tareas se abultan y la agenda se aprieta con juntas. La jornada está llena de retos: la lucha por conseguir un cliente, arrancar al proveedor un mejor precio, negociar con los bancos. Al medio día hay tensas comidas de trabajo donde uno debe sonreír hasta el cansancio o comidas rápidas, para acallar el estómago, con el riesgo de manchar la corbata o el vestido con salsa cátsup o chile chipotle.

Aunque el ambiente sea cordial entre los compañeros, la competencia es un ingrediente del trabajo. Por afable que sean las relaciones con nuestro jefe, siempre necesitamos de su aprobación. Viene el regreso a casa. En las grandes ciudades, el camino de vuelta es otro calvario. Los semáforos, los anuncios, los automóviles y los edificios grises afean el paisaje. Al otro día, la rueda gira de nuevo. ¿No es lógico que se nos antoje una escapadita a la playa, a una ciudad colonial, o una hacienda en el campo?

COOK: EL PADRE DEL TURISMO

Antes del siglo XIX, la gente no viajaba por placer, porque las condiciones de los caminos eran malas, los transportes inseguros y los alojamientos escasos y sucios. El tren y el barco de vapor cambiaron todo. De repente, viajar se convirtió en una afición, un modo de descanso, un pequeño escape.

Thomas Cook organizó en 1841 un viaje hacia Leicester, Inglaterra, para 500 asistentes a un congreso antialcohol. En 1851, organizó viajes para unas 160 mil personas que querían visitar la Exposición Universal en París. La experiencia se repitió con éxito en 1855 con ocasión de la Exposición de París.

Entre las ideas geniales de Cook estuvo la de los «cupones» de hotel. Nacieron así las agencias de viajes. Bastaba con contactar a la empresa Cook para tener resueltas las necesidades de los viajes.

No es casualidad que el turismo moderno haya nacido en torno a un congreso. Las convenciones y congresos tienen el poder mágico de combinar el trabajo con el descanso. ¿A quién no le gusta escapar de su entorno durante unos días?

CONVENCIONES, FIESTAS, FERIAS, FESTIVALES

Existen en realidad cinco tipos de «eventos» turísticos: 1) las convenciones internas de empresas; 2) las convenciones o congresos de profesionistas; 3) los festivales culturales, torneos deportivos, reuniones musicales; 4) las ferias; 5) las ceremonias y celebraciones religiosas.

Las primeras son necesarias en empresas de cualquier tamaño. El día a día nos devora. La operación nos consume. Olvidamos lo importante por solucionar lo urgente. Es necesario, entonces, hacer un parón para reflexionar. No vaya a ser que el cronómetro, y no la brújula, sea la que dirija la organización. Son, además, espacios ideales para la convivencia, para conocer a los compañeros de trabajo. Muchas veces la falta de amistades entre los colegas entorpece la marcha de la organización y hace de la oficina un pequeño calvario.

Para este tipo de reuniones son ideales los lugares cercanos al centro de trabajo, espacios que inviten al sosiego, a la reflexión, a la distensión. México tiene posibilidades estupendas. Basta pasear por el campo para quedarnos sorprendidos de la hermosura de nuestras haciendas. Por todos lados las hay, ganaderas en el norte, henequeneras en el sureste, cafetaleras en Chiapas, pulqueras en el Altipliano, las de beneficio en los viejos centros mineros. La mayoría ofrece jardines, salones e historia. Una convención de este tipo requiere combinar momentos agradables y de distensión, una buena cena, una charla cultural, con sesiones de estrategia y de integración.

Las convenciones o congresos profesionales son mina de oro poco explotada por las ciudades de México. ¿Sabían ustedes que el congreso mundial dental reúne anualmente en el DF a más de 50 mil odontólogos? ¿Tienen idea de la derrama económica de esta reunión? Este congreso pasa inadvertido porque se organiza en Semana Santa, cuando el DF se despuebla. Claro que no cualquier ciudad resiste tantos asistentes. Un reto para las autoridades de las diversas ciudades es mejorar la infraestructura para atraer este tipo de turismo que, evidentemente, es mucho más noble y rentable que el de los spring breakers.

A estas convenciones se acude para actualizarse, para certificarse, para dialogar con los colegas. Son espacios especializados, pero donde la convivencia es también muy importante.

Por suerte hay congresos y convenciones profesionales de todos tamaños: de anticuarios, de banqueros, de filósofos, de bibliotecarios, de oncólogos, de actuarios, de seguidores de Star Wars. De nuevo, las posibilidades de México son abrumadoras. Vamos, mucho más allá del sol y la playa. Basta pensar en ciudades como Morelia, Zacatecas, Campeche, Puebla, Mérida, Querétaro o Guanajuato y, por supuesto, la ciudad de México.

Museos, palacios virreinales y comida atractiva son las delicias de los extranjeros. Las tradiciones mexicanas salpican el calendario entero: la rosca de Reyes, los tamales de la Candelaria, las fiestas patronales, las Semana Santa, el 15 de septiembre, el día de muertos, las posadas y pastorelas.

En todo congreso suele haber un acto cultural, un concierto, un ballet, una conferencia. Lamentablemente, no siempre se hace sinergia con la oferta del lugar. ¿Verdad que se antoja una conferencia sobre la historia de la cocina de Yucatán antes de comer el delicioso queso relleno? ¿No disfrutaríamos más los magníficos edificios de Querétaro si nos hablan del barroco novohispano? ¿Qué tal una explicación de las tradiciones del día de muertos si la convención cae en noviembre?

El turismo que acude a una ciudad para asistir a las exhibiciones deportivas, a los recitales o los conciertos es, por su impacto, digno de la política pública. Basta ver cómo las Olimpíadas cambiaron el rostro de Barcelona; hubo un antes y un después. Y qué decir de Cannes y su famoso festival de cine. Incluso ciudades con una reputación turística consolidada, como Venecia, no le hacen el feo a los festivales y exposiciones.

En México, Guanajuato y Morelia han apostado correctamente a festivales anuales que les garantizan un turismo constante y periódico, mucho menos arriesgado que la compleja infraestructura de unos juegos olímpicos o panamericanos. Acapulco también tiene lo suyo con el tenis. Este tipo de reuniones requiere de la escenografía correcta y México cuenta con ella. Basta visitar el centro histórico de Puebla para quedarse pasmado de su belleza y, por supuesto, encantado con su comida. Vale la pena sacarle partido. ¿No?

Finalmente están las ferias comerciales, de origen medieval. En el siglo XIII, la Feria de Champagne reunía a comerciantes de textiles, productos agrícolas y especias. La Feria de San Juan de los Lagos proviene de fines del siglo XVIII. En el siglo XIX, reunía a comerciantes de todo el país. Llegaban los rebaños de carneros y borregos de Nuevo México, las reses de Texas, el chocolate de Chiapas, los tintes de Oaxaca, el trigo de Puebla, el cobre de Michoacán. La  Feria de San Marcos es más reciente, se remonta a 1828 y era una feria ganadera y agrícola. En la actualidad, la Feria de San Marcos sigue siendo un motor de la economía de la ciudad, por cierto muy bien cuidada, una fuente de turismo anual.

Otro caso interesante es la Feria Internacional del Libro, que es a la vez feria comercial y encuentro cultural. En 2012 asistieron 702 mil personas. Se trata de una muestra palpable de que las ferias culturales son un éxito. Simplemente hay que saberlas ofrecer. Yo suelo asistir cada año.

Finalmente están las ceremonias. Los mexicanos somos fiesteros. Bodas, bautizos, comuniones. Nos sobran iglesias hermosas, jardines tropicales, edificios señoriales, música religiosa maravillosa, y música festiva bullangera.

En suma, el turismo de convenciones en México debe aprovechar las características competitivas en elementos que tiene a la mano: la calidez del trato mexicano, el patrimonio cultural, la suculenta gastronomía y la riqueza de tradiciones coloridas y vivas. Mientras que los hoteleros de Las Vegas deben construir esfinges egipcias y campanarios venecianos para atraer visitantes, nosotros tenemos a la vuelta de la esquina pirámides prehispánicas, iglesias virreinales, palacetes porfiristas. Como ven, la cultura, digan lo que digan, siempre atrae.

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