Auge y ¿caída? de Donald Trump

Auge y ¿caída? de Donald Trump
Auge y ¿caída? de Donald Trump

El actual inquilino de la Casa Blanca, con las encuestas en contra y enfermo en estos momentos de covid-19, no se guía por las reglas de otros

El sol se pone en la presidencia de Donald Trump; no sabemos si para siempre o si volverá a elevarse después de las elecciones. Han pasado casi cuatro años desde que juró el cargo, pero eso no significa que lo conozcamos mucho mejor. La mayoría de los observadores siguen usando el manual antiguo de la política, como si estuviésemos en el año 2000 o en 1970. Hablan de la economía y de no sé qué más, y siempre se equivocan. El actual inquilino de la Casa Blanca, con las encuestas en contra y enfermo en estos momentos de covid-19, no se guía por las reglas de otros. Quizás por eso siempre anda metido en una nube de caos y de confusión.

El comandante en jefe, cuyos síntomas de momento son como los de un leve resfriado pero ha sido trasladado a un hospital militar por «precaución», ha dicho que seguirá su rutina de trabajo en cuarentena. Un día normal, se levanta sobre las 5:30 de la mañana y a las 6:00 ya está haciendo llamadas. Solo ha dormido tres o cuatro horas y normalmente no comerá nada hasta el almuerzo. Tiene debilidad por la comida basura y los refrescos, pero nunca ha bebido alcohol ni café. Su única actividad deportiva es el golf, que practica muy a menudo a pesar de las críticas. Desde que es presidente ha visitado sus clubes de golf en 280 ocasiones.

Ambiciones salvajes

Una de sus biógrafas, Gwenda Blair, dice que el carácter de Trump ya estaba prefigurado en el de su familia. El magnate ha heredado la visión del mundo que tenía su padre, Fred Trump: la idea de ganar y ser el «rey» al precio que sea, porque los demás quieren lo mismo. Si no les cortas tú el cuello primero, ellos te lo cortarán a ti. Igual que Fred, Donald es tacaño y astuto, y siempre trata de trucar el sistema. De esquivar al fisco, obtener ayudas públicas y retorcerles un brazo a los acreedores. Pero Fred era un hombre tímido. La voluptuosidad social de Donald Trump y su gusto por los focos vienen de su madre, la escocesa Mary Ann McLeod Trump.

El neoyorquino tuvo otros mentores. Uno fue el reverendo Norman Vincent Peale, a cuya misa acudían los Trump cada fin de semana. Peale es el autor de uno de los primeros y más exitosos libros de autoayuda de la historia, ‘El poder del pensamiento positivo’, donde desarrollasu teoría de que el deseo lo puede todo. Uno solo tiene que autoconvencerse de que tendrá éxito, por ejemplo, y el éxito llegará de manera natural. Si es necesario, escriba su meta en un papel 100 veces todas las mañanas y piense en grande: imagínese recibiendo un Óscar, no permita que nada ni nadie le disuada de conseguir lo que usted merece. El libro fue criticado por llevar a la gente al autoengaño y a confiar en métodos poco científicos; por distorsionar su sentido de la realidad. Pero a Trump parece que le sirvió.

El magnate proyecta siempre las ambiciones más salvajes; en lugar de hablar de lo que ya existe, de cómo están las cosas, habla de cómo desea que estén. Crea una imagen mental y la proyecta con tanta fuerza que la imagen se acaba realizando. Por ejemplo, la construcción de un rascacielos en la Quinta Avenida con su nombre dorado en lo alto, la Torre Trump, cuando apenas era un treintañero.

No siempre funciona. A veces, su sueño es tan grande, y está tan lejos de la realidad, que acaba estallándole en la cara y generando un agujero negro. Por ejemplo, cuando se gastó seis veces más de lo previsto en un casino de 1.200 habitaciones y 3.000 tragaperras, el Trump Taj Majal de Atlantic Cityfinanciado con préstamos al 16% de interés. Se hundió en la ruina, pero nunca dejó de proyectar su pensamiento positivo. Quienes lo acompañaron en la debacle, como el gestor financiero Steve Bollenbach, no daban crédito a la calma con la que Trump enfrentó la debacle. «Yo habría estado buscando el edificio más cercano desde donde saltar», dijo Bollenchach, «y él siguió siendo optimista todo el rato».

Foto: Reuters.

Otro mentor de Trump ha sido Roy Cohn, más conocido como «el señor de las tinieblas» o «el hombre más malvado de Estados Unidos». A sus 24 años, Cohn fue la mano derecha del senador Joseph McCarthy en la caza de brujas anticomunista de los años cincuenta. Luego fue abogado de los jefes de la mafia Tony Salerno, Carmine Galante y John Gotti. Desde 1973 representó a los Trump, que habían sido acusados por discriminar presuntamente a los afroamericanos en el alquiler de apartamentos.

Miente y ataca

El magnate habría aprendido de su abogado el código vital que usa en los negocios y en la política, según la reconstrucción de aquellos años: «Evita y distrae, nunca te rindas, nunca admitas un error. Miente y ataca, miente y ataca. Publicidad pase lo que pase, ganar pase lo que pase, todo sostenido en una profunda creencia ‘demuestra-que-me-equivoco’, en el poder del caos y el miedo».

Peter Fraser, que fue el último amante de Roy Cohn, homosexual encubierto fallecido de sida en 1982, dijo en 2016 que la campaña de Trump era la viva imagen del temido abogado. «Oigo a Roy muy claramente en las cosas que dice», declaró Fraser al ‘New York Times’. «La bravuconería, y que si lo dices de una manera suficientemente alta y agresiva, es la verdad. Esa es la manera en la que Roy operaba hasta cierto punto y Donald ciertamente fue su aprendiz».

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en un acto de campaña. (Reuters)
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en un acto de campaña. (Reuters)

El presidente de Estados Unidos suele pasar la primera parte del día, hasta las 11 de la mañana, viendo Fox News y tuiteando. Desde la madrugada, varios ayudantes estudian los medios de comunicación para ver qué se dice de los republicanos y los demócratas, y envían a Trump un resumen cada 30 minutos. En cambio, Trump evita leer el Informe Diario Presidencial, que resume las novedades más destacadas de las agencias de inteligencia, y prefiere ser actualizado de viva voz. Según una copia de su agenda obtenida por Axios, Trump atiende las reuniones, recepciones y actos de rigor y pasa la mayor parte del día en soledad: lo que oficialmente se llama «tiempo ejecutivo», y que, según distintos testimonios, consiste en tuitear y ver Fox News.

Animal mediático

La televisión, más que un entretenimiento, es una especie de gimnasio. Es el lugar en el que el presidente entrena la vista y los instintos para saber cómo captar la atención de las masas. Los tuits furibundos que lanza a primera hora de la mañana, cuando las redacciones confeccionan la agenda del día, no son fruto de un exabrupto o de un sexto sentido. Por lo menos no siempre. Detrás hay casi cinco décadas de relaciones con la prensa —portadas, exclusivas, divorcios, litigios, bancarrotas— el idioma del rumor y del escándalo en el que Donald Trump se mueve como una carpa en un río.

De hecho, tanto su presidencia como su campaña política siguen esta manera de operar. Estamos en un ‘reality show’ en el que Trump es el protagonista y nosotros sus comparsas. Da igual que lo veamos como un villano o como un campeón; lo que importa es cortejar a las audiencias, mantenerlas imantadas, que no dejen de mirar aunque estén escupiendo insultos al televisor o en las redes sociales.

Foto: Reuters.

Foto: Reuters.

En este maremágnum de ruido y emociones también hay un sentido estratégico, una especie de plan, de destino, que ya se manifestaba cuando Donald Trump solo era un joven constructor hambriento. El magnate flirtea con la presidencia desde hace más de 30 años. Su agresividad neoyorquina, su alta estatura, su manera de hablar concisa y directa, su apetito por el combate cuerpo a cuerpo y un narcisismo más allá de toda duda lo colocaban en buena posición para dar el salto a la política. Una pregunta que durante años le seguiría allá donde iba: ¿planea presentarse a presidente?

‘Trump 1988’

En octubre de 1987, el millonario de 41 años bajó de su helicóptero frente a las cámaras de televisión en New Hampshire, dispuesto a denunciar el fracaso de Estados Unidos, la rendición de sus valores y la cobardía de los políticos que cedían terreno a Japón. Donald Trump dejó que las expectativas presidenciales se marinaran en la prensa durante varios días, que la imagen se grabase en la mente de las audiencias. Trump bajó del helicóptero. La multitud, unas 500 personas, alzaba carteles que decían ‘Trump for President’ y ‘Trump 1988’.

El magnate pronunció un discurso libre, sin notas, incendiario, contra Japón, Irán y Arabia Saudí, contra la ciénaga de Washington, contra los lobistas, intelectuales y políticos blandengues que iban a hundir Estados Unidos. Trump elogió al americano medio, traicionado por la élite corrupta y pintó un futuro promisorio si el hombre adecuado llegaba al Despacho Oval. Pero no hubo anuncio de campaña ni eslogan para la presidencia.

No era el momento adecuado. Como tampoco lo fue en el año 2000, en el que Trump tuvo un conato de campaña con el Partido de la Reforma, una alternativa populista al Partido Republicano. El constructor dejó igualmente que las audiencias se lo imaginasen en la Casa Blanca. Su conclusión aquella vez fue que los terceros partidos, en EEUU, no tienen futuro.

¿Qué pasa si Donald Trump pierde las elecciones y no acepta el resultado?

CARLOS BARRAGÁNQuedan dos meses para las elecciones «más importantes de la historia» de EEUU, según sus protagonistas. Y Trump deja caer que no aceptará los resultados si pierde. ¿Qué ocurrirá si lo hace?

Sin embargo, ninguna de estas tentativas tuvo el impacto de su programa de televisión ‘The Apprentice’ (El Aprendiz), en el que, durante más de una década, Donald Trump aparecía subiendo y bajando de helicópteros, recorriendo Manhattan en limusina, dando órdenes, liderando y despidiendo a los inútiles que no daban la talla en sus negocios. El programa fue un éxito y consolidó a Donald Trump como el ‘doer’, el hombre que hace cosas, que corta donde tienen que cortar y hace lo que tiene que hacer, en el imaginario de millones de hogares de Estados Unidos. Los periodistas aún le preguntaban: «¿Se presentará a presidente?». Trump respondía: «Lo haré si veo que se dan las condiciones».

Hay cliente, haz una oferta

Y es aquí donde llegamos a 2016. La Gran Recesión ha profundizado las desigualdades en Estados Unidos; los estados del interior llevan 25 años perdiendo peso económico, sus oportunidades han menguado, sus jóvenes se marchan a las grandes ciudades, la prensa local ha sido diezmada y una epidemia de adicción a los opiáceos causa estragos en las regiones rurales. Donald Trump entiende que hay un público receptivo a sus ideas; el vendedor percibe un cliente y le hace una oferta.

En solo un mandato ha reemplazado al 91% de sus colaboradores más estrechos. Casi cuatro de cada diez puestos han visto pasar a varias personas

El territorio donde él se ha movido mejor, el del escándalo mediático, ha crecido. Ya no está comprimido en las portadas de la prensa amarilla, sino que se ha propagado a las redes sociales y a las televisiones y periódicos que imitan a las redes sociales. Titulares coloridos, a cada cual más indignante, la lucha por el clic, la explosión de rumores y teorías conspirativas, la xenofobia, el populismo. Es demasiado bueno para ser cierto. El momento ha llegado. El resto, como se suele decir, es historia.

El problema es que esta parte de su presidencia, la obsesión por estar siempre en el candelero, por agarrar del cuello a la gente para que no deje de mirar, ha nublado los aspectos prácticos de gobernar un país. En solo un mandato ha reemplazado al 91% de sus colaboradores más estrechos, según la contabilidad del Brookings Institute. Casi cuatro de cada diez puestos han visto pasar a varias personas. El presidente dice que simplemente despide a quienes no rinden, pero muchos de quienes se han marchado —de generales a portavoces o consejeros— retratan una administración caótica, atenazada por el miedo, los golpes de mano, las sorpresas.

Joe Biden, rival de Donald Trump en las elecciones. (Reuters)

Joe Biden, rival de Donald Trump en las elecciones. (Reuters)

‘Season finale’

Más allá de la confusión y el desconcierto, Trump solo confía en una cosa: la sangre. Las altas responsabilidades de su Gobierno, como antes sucedía en su empresa, corren a cargo de viejos amigos, o de sus propios hijos y su yerno. Una gestión personalista, como si Estados Unidos fuera una empresa familiar, que frustra a sus funcionarios y hace del gran policía global un agente imprevisible.

Pero esta solo es la letra pequeña. Lo que hoy nos enciende y nos llena las entrañas es la tribalización, que el trumpismo solo sabe estimular, como quien espolea a un caballo en medio de una batalla. El odio feroz, el deseo de ver a Trump destituido, humillado y arrojado en una celda estrecha, solo se puede comparar con el amor que le profesan sus bases. Una lealtad profunda que él ha sabido cultivar con el poderoso lenguaje de la televisión.

El ‘show de Trump’ se acerca a su fin, al menos su primera temporada. Los capítulos, como corresponde a una serie adictiva, han ido ‘in crescendo’. Cada uno más turbador que el anterior, porque la audiencia flojea. En este momento estamos en lo que se llama un ‘cliffhanger’: cuando el protagonista se queda al borde de la muerte al final de un capítulo y nosotros nos mordemos las uñas deseando ver qué sucederá. ¿Se caerá por el precipicio? ¿Sobrevivirá? ¿Cómo le afectará el virus? ¿Reconocerá, si pierde las elecciones, su derrota?

La apuesta es alta. Y es aquí donde está el precio. De ello no solo depende el futuro del protagonista, si no de la mismísima paz social de la primera potencia del mundo.

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